Los trastornos de ansiedad afectan a un buen número de niños y adolescentes, con tasas del 19% al 21% en los países desarrollados. Aunque ésta debe entenderse como una reacción normal a las situaciones de estrés y peligro, puede convertirse en patológica y limitar la vida de la persona que la sufre. Aparte de distintos tipos de fobias, puede tomar la forma de ansiedad a la separación, fobia escolar, fobia social, ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo o trastorno de estrés postraumático. Se analizan además en este artículo los elementos fisiológicos que intervienen en la aparición de la ansiedad, junto con los factores ambientales y genéticos que la condicionan, puestos en relación con los tratamientos que habitualmente se usan para combartirla.
La ansiedad es uno de los trastornos más diagnosticados en niños y adolescentes, con una tasa de prevalencia del 9 al 21% en los países desarrollados, una cifra más alta que las depresiones o los trastornos de conducta. Este artículo abarca distintos aspectos de la ansiedad entre los jóvenes y da una idea de la relevancia de la investigación en este campo. Según la definición de la doctora M.J. Mardomingo, la ansiedad es una respuesta fisiológica normal dirigida a preservar la supervivencia del individuo ante situaciones de peligro; reacción que puede, sin embargo, devenir patológica y aparecer sin circunstancias ambientales o con una intensidad y frecuencia desproporcionadas.  Los niños captan pronto la dimensión amenazante de su entorno físico y cuando a las circunstancias ambientales se le añaden factores de riesgo genético, temperamental o familiar, el transtorno puede desarrollarse.

Esta patología, además de presentarse como respuesta fisiológica ante las circunstancias vitales, puede derivar de otras enfermedades psiquiátricas o médicas, así como identidad específica en sí misma. La ansiedad puede existir en forma de fobias, trastorno de ansiedad a la separación, trastorno de ansiedad generalizada, trastorno de estrés postraumático y trastorno obsesivo-compulsivo.

A pesar de que su distribución por sexos y edades todavía no está establecida, diversos estudios apuntan a que la ansiedad afectaría por igual a chicos y chicas llegada la adolescencia y de forma desigual en la infancia. Los varones serían más propensos a la fobia social, mientras que las fobias simples y la agorafobia son más frecuentes entre las niñas. En su prevalencia influye el nivel socioeconómico, siendo más frecuente entre las clases desfavorecidas. Del mismo modo, la exposición de los niños a un ambiente violento también es un importante factor de riesgo.

Esta trastorno produce varias afecciones motrices —inquietud, imposibilidad de permanecer sentado, o más raramente, inhibición verbal y de movimiento— así como efectos somáticos, con  diferentes manifestaciones según la edad y el desarrollo emocional y cognitivo de la persona. A medida que se desarrollan el lenguaje y la expresión abstracta aparece la verbalización de la angustia, en etapa escolar pueden darse problemas de concentración y memoria, y en la adolescencia suelen tener lugar sentimientos de despersonalización. Estos problemas se traducen en la vertiente cognoscitiva de la ansiedad, es decir, en una percepción de la realidad amenazante y peligrosa, al tiempo que tienen lugar sentimientos de tristeza y depresión.

Las fobias simples aparecen en contacto con estímulos que causan miedos irreprimibles y persistentes, a menudo irracionales. Estas sensaciones varían según la proximidad del origen del miedo y del modo en que se presentan. Los adolescentes experimentan angustia al percibir la posibilidad de entrar en contacto con los objetos de sus miedos, que en esta edad suelen tomar la forma de fobia social. Representan un problema en tanto que pueden condicionar la vida diaria, a la vez que producen un intenso malestar.

La ansiedad a la separación, más habitual en familias sopreprotectoras, puede limitar profundamente las actividades diarias y provocar falta de concentración, tristeza, apatía o un intenso pánico. El sentimiento amenazante de que algo pueda suceder a los padres suele incitar este tipo de ansiedad, que en los pequeños normalmente posee un carácter vago y poco específico, pero que va tomando formas concretas con la edad, a veces acompañadas de un sentimiento de nostalgia sobre una infancia idealizada.

Por otro lado, la fobia escolar suele tener lugar complementando circunstancias concretas de la vida escolar, cuando no miedos inespecíficos, especialmente en niños y adolescentes perfeccionistas, sensibles a las críticas o de un carácter dependiente. Es una angustia de carácter anticipatorio, por lo que se presenta por las mañanas, acompañada de efectos neurovegetativos que pueden tener el aspecto de una enfermedad pediátrica.

La ansiedad generalizada tiene como objeto al principio rasgos poco relevantes de la existencia, para luego problematizar la vida en abstracto, con dudas constantes, a menudo provocando miedos no fundamentados y tensión constante. Como la fobia escolar, puede aparecer tanto sin precedentes, como gradualmente desde la infancia, en cuyo caso puede evolucionar en fobia social.

La fobia social tiene lugar ante situaciones sociales con desconocidos y en la interacción con el medio. Se calcula que afecta a un 1% de los jóvenes ─aunque la tasa podría ser más elevada, incluso del 14%─ y es posible que prosiga en la vida adulta. En los adolescentes se traduce en miedo, vergüenza, sentido del ridículo, ataques de pánico y efectos somáticos, de manera que resulta un obstáculo para sus actividades.

Todos estos sentimientos tienen su origen en el sistema límbico, el tálamo y el hipotálamo. Como ha sido demostrado, no requieren necesariamente un impulso exterior que los desencadene, sino solamente la evocación interna de vivencias, ideas, pensamientos… o sencillamente la estimulación eléctrica de algunas de estas estructuras cerebrales. La genética es otro de los factores involucrados en la aparición de la ansiedad. Casi siempre los niños tienen un antecedente en la conducta de sus padres, especialmente en casos de alcoholismo, depresión o violencia. Así pues, las situaciones ambientales no solamente provocan síntomas esporádicos, sino que llegan a modificar las estructuras neuronales, de manera que la ansiedad puede convertirse en crónica.

Finalmente, su tratamiento requiere el aumento de la calidad de vida del paciente, favorecer su desarrollo emocional y social, prevenir los síntomas relacionados con su tipo de depresión y mejorar el pronóstico para evitar que la patología se convierta en crónica. En caso de trastornos de duración breve, asesorar a los padres y el empleo de la psicoterapia pueden ser suficiente. Los ansiolíticos y antidepresivos no disponen todavía de un consenso respecto a su eficacia. Lo imprescindible es, en cualquier caso, la colaboración y comprensión de los padres y la escuela.

Referencia bibliográfica:

Mardomingo Sanz, M. J. Trastornos de ansiedad en el adolescente. Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria. 2005 [acceso 24 diciembre 2009].

Fuente: Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Anuncios