Son niñas de entre 5 y 10 años, pero se comportan como si tuvieran más edad. Están muy preocupadas por lucir hermosas y les interesan los temas de moda, dieta y romance. Su gran sueño: ser iguales a sus muñecas barbie. Su obsesión: la imagen física, la popularidad. Son sociables y encantadoras, muy asiduas de las redes sociales y aficionadas a las fiestas. 

Nadie creería que estamos hablando de pequeñitas con dientes de leche todavía. Pero cada vez son más, especialmente en los países más desarrollados. Están fuertemente influenciadas por la televisión y la Internet. En la mayoría de las ocasiones su comportamiento es estimulado por sus propios padres, que las ven como “las muñecas” de la casa y quieren que los demás también las vean así.

Infancia y consumo

Los niños son ahora sujetos de consumo. Las marcas y sus vendedores lo saben y por eso no ahorran ni esfuerzo ni dinero en manipular sus deseos. Antes ese mercado del deseo infantil era incisivo en su oferta de juguetes. Uno distinto, e igual de desechable que el anterior, en cada nueva temporada.

En los últimos años se produjo un cambio. Pareciera que el mercado quiere que sea el mismo niño quien se convierta en juguete. Las muñecas barbie y las de su estirpe no se han introducido para que sean un instrumento con el que las niñas puedan jugar, sino que se presentan como un modelo a imitar.

Al tiempo, comienzan a proliferar los certámenes de belleza o modelaje para las niñas de corta edad. Y se ha montado toda una industria de la moda que cada vez equipara más la vestimenta de las pequeñas y la de las adultas. Hay estilos y accesorios para que tengan la apariencia de unas divas en miniatura.

Algunos adultos lo celebran como si esa precocidad fuera señal de cierta superioridad. Y así lo inculcan a las pequeñas que, obviamente, no alcanzar a dimensionar las implicaciones ni las consecuencias de sus actos. El físico se convierte en el principio y la finalidad de todo. Es entonces cuando comienza la construcción de un gran desierto interior por el que más temprano que tarde pagan una alta factura.

Los peligros implícitos

La situación deja de ser tan inocente si miramos un poco más al fondo de este fenómeno. Por sobrecogedor que parezca, lo cierto es que hay una demanda del mercado por niñas bellas. Por niños también, pero en menor proporción. Es una demanda que también se ha ido extendiendo y tiene su fundamento en una especie de pederastia disfrazada.

Las fotografías de niños son altamente valoradas en el mercado de la pornografía. Las poses insinuantes o las imágenes sugestivas son una fuente de gran excitación para quienes ven en los niños una fuente de deseo sexual.

Pero el asunto no se detiene ahí. También entre los mismos niños, y muy especialmente a través de las redes sociales, viene consolidándose la práctica de poner a circular las fotografías de las niñas como medio para alcanzar popularidad. Un documental de Discovery Channel indicaba que una sola niña de 9 años recibía un promedio de 17 mil mensajes al mes en su Twitter, a raíz de las fotografías que hacía circular por la red.

Más que en una restricción de esos contenidos, la solución debe buscarse en el seno de la familia. No hay posibilidad de que una niña desarrolle esos comportamientos si no tiene un fuerte estímulo de los adultos. Bien sea porque aprueban y motivan este tipo de conductas, o bien porque no se dan por enterados de los malabares que hacen sus hijas para llamar la atención de los demás.

Si la infancia termina siendo una simple caricatura del mundo adulto, no tendría nada de raro que al final ocurra exactamente lo contrario: los adultos podrían llegar a ser una representación absurda de los niños.

Fuente: La Mente es Maravillosa

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