Mindfulness es una capacidad humana básica y universal que consiste en la posibilidad de ser conscientes de los contenidos de la mente, momento a momento. Siendo algo inherente al hecho de ser humanos (de poseer un cerebro humano), es lógico que se haya practicado en todas las culturas y en todos los tiempos, aunque manifestándose bajo formas muy diversas, según los moldes que cada entorno cultural le ha ido imponiendo.

Lo que resulta novedoso, en la actualidad, es que esa actividad milenaria (y clásicamente encuadrada en contextos religiosos o chamánicos) haya comenzado a ser estudiada por la ciencia y a ser asimilada por la cultura occidental en un sentido muy amplio. En mi opinión, lo que está sucediendo ahora y que yo suelo llamar el movimiento mindfulness, refleja la eclosión de una nueva conciencia, de un cambio global en el estado de conciencia de una gran parte de la humanidad (no de toda simultáneamente, pero sí de amplios sectores del mundo industrializado).

Ese estado de conciencia no es «nuevo», en el sentido de que no hubiera habido antes seres humanos que lo hayan experimentado (ciertamente muchos han sido quienes lo han vivido a lo largo de la historia), pero lo que sí es novedoso es que se extienda a capas muy extensas de la sociedad.

Estamos viendo cómo mindfulness se está abriendo camino en diversos ámbitos: en el campo de la salud (tanto física como mental), en el de la educación (en el que sin duda va a desempeñar un papel crucial, pues estamos en condiciones de enseñar a las nuevas generaciones a regular sus emociones), en el de la empresa (en donde aporta serenidad a un entorno estresado), e incluso en el de la política. En todos los campos, en definitiva.

No se trata pues de una moda, ni siquiera de una técnica útil y provechosa, sino de un movimiento global y profundo, que augura una nueva era en la historia psicológica de la humanidad.

Fuente: El Mundo

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