De los 3 a los 6 años, el niño empieza a mostrar el deseo de ser más independiente. Por ello, la relación con los padres sufre un cambio muy notable: su hijo pasa de ser un niño que dependía totalmente de su entorno familiar, a ser un niño al que le gusta colaborar y participar en todo, y que, por otra parte, tiene una personalidad propia. Esto supone que empiezan a darse situaciones en las que él tiene su propia opinión y que ésta puede no tener nada que ver con la de sus padres, por lo que aparecen los primeros contrastes de parecer entre padres e hijo. En estas situaciones, el niño ya no suele reaccionar con berrinches y pataletas, sino que aprende a expresar su disconformidad verbalmente. Por otra parte, la actitud de los padres respecto al niño también debería experimentar un profundo cambio, lo que produce, en algunas ocasiones, ciertos desajustes y discordancias entre ellos. Es un error frecuente que uno de ellos (o ambos) subestimen o sobrestimen la capacidad del niño: hablar a un niño de 5 años como si todavía fuera un bebé, creer que no es capaz de hacer nada por si mismo porque aún es pequeño y que es necesario supervisar todo lo que hace, son actitudes que demuestran que se valoran en muy poco las capacidades del niño, por otra parte, esperar que el niño tome decisiones acertadas o reaccione adoptando siempre un comportamiento responsable, son, por el contrario, actitudes que denotan que se sobrestiman sus aptitudes.

Cuidado con… las exigencias de más y de menos

Son muchos los padres que cometen el error de exigir al niño mucho más o mucho menos de lo que sus capacidades le permiten. Y esta situación puede crear en el niño la profunda sensación de malestar que supone el creer que sus padres piensan que todo lo hace mal, que no tienen confianza en él y que es mejor encomendarle siempre tareas muy sencillas o no encomendarle ninguna. De mantenerse esta conducta de forma sistemática y prolongada, el niño puede verse afectado por una marcada inseguridad. Por el contrario, lo que se debe hacer es exigir paulatinamente en la medida de sus posibilidades, teniendo muy claro que ya no es un bebé pero tampoco es un adulto. Premiar con palabras y gestos de cariño sus logros y el esfuerzo que hace para conseguirlos contribuye a la necesaria formación de su autoestima.

También hay que tener en cuenta que la capacidad de razonar aumenta paulatinamente en el niño de 3 a 6 años, lo que le permite una mejor comprensión de las cosas. Por eso, el niño necesita siempre una explicación lógica de las cosas que suceden, sobre todo, cuando se le niega algo. En este caso, se le debe dar una explicación que sea comprensible y válida, que le permita entender por qué se le niega lo que pide. Responder con un simple «no» le induce a pensar que él no merece ninguna explicación y contribuye también a que el niño crezca con una sensación de inseguridad, no sólo consigo mismo, sino también sobre todo lo que le rodea, y que, en consecuencia, se encierre en sí mismo. Precisamente, éste es el momento de fomentar el diálogo dentro de la familia, ya que con ello se establece la base de la comunicación que el niño tendrá en el futuro con los padres. Por otra parte, cuando el niño no se conforma con las explicaciones que se le dan y reacciona rebelándose —con o sin rabietas—, lo más recomendable es ignorar su reacción momentáneamente y dejar los razonamientos para más adelante, cuando ya esté más tranquilo y se haya serenado; podrá entonces establecer un diálogo con el adulto con quien se estaba peleando y comprender sus razones.

Recuerda…

  • Las discusiones entre hermanos son frecuentes; fomentar el cariño y el diálogo entre ellos es una tarea fundamental de los padres.
  • Con la violencia sólo se consigue que la actitud del niño sea más negativa. Todos los niños necesitan comprensión y otorgársela es un deber de sus padres.
  • Una vez transcurrido un tiempo tras la discusión, hablar con tranquilidad es una buena manera de hacerle sentir que su opinión se tiene en cuenta.

Fuente: Superpadres

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