Hoy hacemos un recorrido por las edades del niño pequeño y su forma de entender el juego y también el orden.

De 3 años

A la edad de 3 años, el niño ya ha adquirido un dominio perfecto del sentido del equilibrio, que se demuestra cuando anda y cuando corre. Es entonces cuando más disfruta imitando a los adultos, por ejemplo al simular que conduce un coche, ayudando en las tareas domésticas o cuando juega a los médicos con otros niños.

De 4 años

Aparece un elemento psicológico importante: el compañero imaginario con el que habla y comparte sus juegos. Es una edad de gran valor imaginativo. Aparecen los secretos, que le dan una sensación de independencia hasta entonces desconocida.

De 5 a 6 años

Aparece ahora en el niño un comportamiento de mayor autonomía y ya se le puede asignar alguna responsabilidad. Sabe expresar claramente sus pensamientos y aprende a través de la imitación de las actividades de sus padres. Aparece también la tendencia a formar grupos de niños y grupos de niñas para jugar, aunque también pueden jugar juntos a veces.

El compañerismo

En el periodo que va entre los 3 y los 6 años aparece un aspecto importante que tiene que ver con el proceso de socialización: la importancia de los amigos y compañeros.

Los juegos se hacen menos individuales y más participativos. Poco a poco el niño tiene más en cuenta la opinión de los amigos y asume los valores del grupo. La principal dificultad reside en encontrar su propio lugar entre los demás, sin sentirse rechazado o excluido.

Los padres tienen que animar a sus hijos a relacionarse con otros niños, pero sin anular su espontaneidad.

La socialización implica compartir sus cosas con los otros niños y aceptar las reglas implícitas en los intercambios sociales.

Un lugar para jugar

A los 5 o 6 años ya han iniciado la escolarización, que implica tener que pasar unas horas al día en un lugar regido por unas normas de comportamiento. Por eso es recomendable que los padres les permitan que jueguen a sus anchas después de la jornada escolar, al aire libre o en una habitación en la que ni molesten ni sean molestados. Además del espacio físico, hay que otorgarle un espacio personal.

Son muchas las horas de ausencia, y los momentos que se pasan juntos deben servir para entablar un diálogo, para mostrar un interés por las cosas del hijo.

Imponer un orden

Todos los padres quieren que sus hijos sean ordenados y la habitual ausencia de orden suele ser una fuente de conflictos. No conviene inculcarles el orden antes de los 4 o 5 años, ya que es a esa edad cuando están capacitados para comprender y valorar lo que se les dice. Ante todo, es preciso que los propios padres sean ordenados y que los hijos vean como sus padres organizan y ordenan.

Un niño desordenado puede identificarse con un padre desordenado, es decir, que el niño hace como el padre.

Para los niños el orden no tiene la misma importancia que para los adultos. Cada persona encuentra su manera de ser ordenada, su propio orden. El niño encuentra el suyo alrededor de los 14 o 15 años, aunque ya comienzan a poner orden en sus cosas por si mismos a partir de los 8 años. La condición para que así ocurra es contar con un rincón propio, particular y a ser posible que puedan cerrarlo con llave si así lo desean. No obstante, el orden se adquiere, fundamentalmente, con el ejemplo de los padres. Lo mismo pasa con el resto de responsabilidades. Los niños aprenden lo que ven en casa, por eso si queremos hijos responsables y ordenados, debemos predicar con el ejemplo. Sin embargo, sí hay algunas cosas que podemos hacer los padres para fomentar la responsabilidad de nuestro pequeños. Si quieres saber cómo estimular o cómo marcar pautas eficaces para conseguir este cometido, no te pierdas el curso: “Cómo inculcar la responsabilidad“.

Fuente: Superpadres

 

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