A partir de los 2 años, los niños sorprenden a sus padres con una imaginación desbordante, capaz de inventar un juego absorbente con cualquier cosa. Una caja de cartón se convierte en una casa, un coche, un barco o una nave espacial; una sábana encima de dos sillas es un refugio, una tienda de campaña o una cueva. No es raro que el mejor amigo del niño sea un ser invisible para todos los demás, un amigo imaginario que a sus ojos tiene plena realidad, y con el que hay que contar. Otras veces, el amigo es un ser inanimado, como una muñeca o un osito de peluche, que escucha atentamente los consejos o el monólogo del niño. Los personajes de los cuentos, los juguetes y todo lo que rodea al pequeño cobra vida en su mente y le cuesta diferenciar entre los seres vivos y los objetos inanimados.

Durante algunos años, los muñecos son la válvula de escape a las fantasías infantiles, a la vez que se convierten en mudos y fieles compañeros de fatigas, tanto en los buenos como en los malos momentos. Para los niños de esta edad, los muñecos son seres animados con sentimientos y necesidades y con ellos reproducen las mismas actitudes que observan en los adultos.

Es recomendable que al jugar colaboremos y sigamos la corriente del niño en su relación con el muñeco, aprovechando la ocasión para hacerle reflexionar sobre los hábitos o las actitudes que debe tener con los demás. Debido a esta pasión por los muñecos, es aconsejable llevar a los niños, a partir de los 2 años, a sesiones de teatro infantil para que vean títeres o muñecos manejados por profesionales que les harán pasar ratos inolvidables. Asimismo, los títeres son juguetes que atraen a los pequeños porque los pueden manejar a su antojo y expresar, con distintos movimientos, actitudes o estados de ánimo de los personajes.

Pero, por más divertidos que sean los títeres, nada desbanca al peluche. El peluche es el muñeco rey por excelencia. Quizá sea su tacto suave o la gracia o el cariño que inspira a mayores y pequeños lo que le convierte en el mejor amigo del niño al que no abandona ni a la hora de irse a la cama. Con él, el niño suele reproducir las actitudes de los mayores.

Otra forma de dejar volar la imaginación del pequeño es con los disfraces. Por eso, no hace falta esperar al carnaval para disfrazarse. De hecho, es una de las actividades preferidas de los niños, especialmente a partir de los 2 años. Cuando son ellos los que toman la iniciativa, no hay que vetar su imaginación. Es precisamente ahí donde va a salir a flote la influencia que sobre ellos han ejercido los juegos, los amigos, los cuentos o la televisión. Una vez disfrazado, lo que más importa es mirarse al espejo y sentirse protagonista. No importa si la corbata del padre combina con la falda de mamá. Cuanto más estrambótico sea el resultado, mejor lo pasará el pequeño.

Fuente: Superpadres

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