Tradicionalmente se ha tenido una percepción de las personas como sujetos pasivos en su entorno, bajo el terrible principio de «según naces, así permaneces», y no como sujetos activos capaces de potenciar el propio cambio. Por eso, todavía hoy hay muchos padres que dicen cosas como: «Mi hijo me ha salido…». Esto es un ataque a la razón y al sentido común en estado puro. Se debería desterrar de una vez este pensamiento tan inmovilista y victimista. Deben ser los padres los que, a través de la acción educativa, moldeen a sus hijos como si éstos fueran de arcilla. Los niños aprenden por medio de la interacción con sus padres, ya que éstos son la mayor parte de las veces su referente más cercano; y, de no ser éste el caso, esa labor será el cometido de otras figuras adultas significativas y de gran relevancia para la educación y la base afectiva del niño. Por tanto, los padres y los demás adultos tenemos una gran responsabilidad, ya que el bienestar y la felicidad de los niños dependen en gran medida de nosotros. Aunque es cierto que desde la psicología se han investigado y desarrollado con gran éxito infinidad de métodos de intervención sumamente eficaces para un sinfín de problemas psicológicos, también lo es que el desarrollo de métodos específicamente orientados a la búsqueda del bienestar y la felicidad no ha sido igualmente fructífero.

Hasta hace muy pocos años, los psicólogos se centraban casi exclusivamente en el estudio de las emociones negativas (tristeza, hostilidad, ira, frustración, etcétera) y en lo patológico, y relegaban las emociones positivas (alegría, satisfacción, euforia, entusiasmo, placer, serenidad, esperanza, confianza, optimismo, anhelo, etcétera) a un segundo plano. El principal objetivo era reducir y combatir el dolor, en lugar de basar su intervención en explorar y potenciar las fortalezas del carácter para lograr el bienestar, la calidad de vida y la felicidad. Probablemente, esto se deba a la impotencia que, desde tiempo inmemorial, se siente ante el sufrimiento, el dolor o la enfermedad; por ello se pone todo el empeño en intentar combatir lo que nos amenaza o nos pone en peligro.

Hoy, gracias a un nuevo enfoque de la psicología, la llamada psicología positiva, se sabe que los problemas psicológicos no se habían abordado en toda su magnitud y extensión. Aunque resulta evidente que existen ciertas cualidades humanas, como el optimismo, el entusiasmo, la perseverancia o la gratitud, que contribuyen positivamente a que tengamos una vida psicológicamente sana, hasta el momento, y casi de manera sistemática, se había obviado que estas cualidades y algunas otras nos defienden, como si de una muralla se tratase, de la amenaza de los trastornos psicológicos.

Ahora podemos afirmar que existe en cada uno de nosotros una serie de elementos protectores y fortalezas que, siempre y cuando se potencien y se desarrollen adecuadamente, nos protegen ante situaciones adversas y ante la amenaza de algunas patologías. En muchas personas adultas, esas fortalezas se han quedado adormecidas por no haber sido potenciadas y reforzadas psicológica y emocionalmente por sus padres durante su infancia. Si así lo hubieran hecho, probablemente se hubieran evitado muchas patologías y, por supuesto, esos hijos hoy convertidos en adultos habrían tenido una vida mucho más satisfactoria.

Si queréis saber más sobre la psicología positiva, recomendamos leer el libro Hijos Felices de la psicóloga Alicia Banderas.

Fuente: Superpadres

 

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