El rechazo, evoca una amenaza primordial importante para el cerebro (…) La integración en un grupo era esencial para la supervivencia del hombre prehistórico, porque la exclusión podía significar una sentencia de muerte…

Leo el apasionante y reciente libro de Daniel Goleman, La Inteligencia Social.[1] Hablando del dolor al rechazo, cita un artículo aparecido en la importante revista científica Science[2] donde se afirma que el sufrimiento producido por el rechazo social, y más concretamente podríamos hablar del rechazo emocional, se registra en la misma localización cerebral que el dolor físico (la corteza cingulada anterior).

Del mismo modo, el miedo anticipatorio al rechazo puede experimentarse como una angustiosa y dolorosa sensación de alarma, de peligro.

Los autores del estudio postulan lo siguiente: “(…) El rechazo, evoca una amenaza primordial importante para el cerebro (…) La integración en un grupo era esencial para la supervivencia del hombre prehistórico, porque la exclusión podía significar una sentencia de muerte, como cuando hoy en día sigue ocurriendo cuando el mamífero humano se ve en la obligación de sobrevivir en medio de la naturaleza. (…) El centro del dolor pudo haber desarrollado esta sensibilidad a la exclusión social como una señal de alarma que muy probablemente estimula la necesidad de recomponer la relación amenazada (…)”

Abundando en esta constatación, Goleman añade lo siguiente: “Este descubrimiento da sentido a las metáforas que solemos emplear cuando nos referimos al dolor generado por el rechazo –como tener el corazón roto o los sentimientos heridos- lo que indica la naturaleza física del sufrimiento emocional”.

Este descubrimiento de la neurociencia me parece muy interesante a la hora de entender los padecimientos de gente tan hiperemocional como Centaury, Chicory y Heather[3] desde luego muy diferente a lo que sentirían Water Violet y Clematis, si de flores tipológicas siguiéramos hablando. Interesante, pues, constatar el poco arraigo a la vida que tienen estos dos últimos, además de su poca capacidad para experimentar miedo a diversas situaciones de la vida física.

Centaury,  Chicory y Heather, necesitan más que nadie del reconocimiento y el amor del entorno para sobrevivir. En ellos todo esto es algo primordial, instintivo, literal. Por eso el miedo al rechazo, al abandono, a la sustitución,  genera una alarma similar a la que ocasionaría cualquier amenaza para la vida física. Ante ello reaccionan con ansiedad y angustia, mecanismos de alerta fisiológicos destinados a no sucumbir, los que en lugar de protegerlos no hace sino aumentar su sufrimiento (como tantos mecanismos de defensa desvirtuados)  y orientarlos hacia relaciones muy penosas de dependencia, al mismo tiempo que hacia formas muy diversas de patología.

Pero otra constatación interesante de la neurociencia moderna, es la manera en la que por diversos caminos se va demostrando la unión y la indivisibilidad entre emoción, mente y cuerpo, cosa que desde hace bastante más tiempo nos viene alertando Bach y, mucho antes que él, todos aquellos que postularon cualquier visión holística del ser humano y por ende de la medicina.

Sin embargo, la medicina alopática hace oídos sordos, no ya a terapias como la nuestra, lo cual tendría un pase, sino a todo tipo de descubrimiento científico en las áreas como por ejemplo la de la mencionada neurociencia. Es increíble la cantidad de estudios científicos referidos por ejemplo por Goleman (tanto en La Inteligencia Emocional como en La Inteligencia Social), realizados en universidades e incluso aparecidos en revistas tan prestigiosas como Science, Nature[4] y otras similares, acerca de cómo influyen la mente y las emociones en el cuerpo e incluso cómo inciden en la aparición de enfermedades.

Pero para mí lo más interesante de todo es ver cómo el trabajo de Bach no sólo anticipaba todo lo que se verá en décadas sucesivas, sino cómo estructuraba un sistema terapéutico tan extremadamente sutil a la imprescindible integración de mente, emoción, cuerpo y alma. Requisito imprescindible si queremos verdaderamente entender algo de cómo funcionamos.

[1] 2006. Ed. Kairós, Barcelona.

[2] Naomi Eisenberg y Matthew Lieberman: Why Rejection Hurts: A Common Neural Alarm System for Physical and Social pain. Science, 87 (2004), págs 294-300.

[3] En realidad  no estaría demás añadir a esta trilogía Agrimony, en lo que miedo al conflicto y al rechazo inherente a él respecta. Lo que ocurre es que no puede considerarse como un estado de “hiperafectividad” como los tres anteriores.

[4] Sólo por reflejar la magnitud de la importancia de estas publicaciones, baste decir que cualquier estudio que aparezca en ellas pasa automáticamente a considerarse como científico a todos los efectos y en todas las latitudes.

 Fuente: Artículos de Ricardo Orozco, Anthemon
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