Siempre sentí una gran curiosidad acerca de dos esencias no florales del sistema Bach: Rock Water y Chestnut Bud (CHB). CHB nace siendo diferente de todo lo demás: el brote de Aesculus Hippocastanum, el famoso Castaño de Indias. Fue preparada por ebullición a principios de la primavera de 1935 y Bach la sitúa entre las esencias “más espiritualizadas” del sistema floral (las últimas 19).

Siendo una esencia que se relaciona directa y particularmente con el aprendizaje, parece llamada a ocupar un lugar privilegiado en el ranking prescriptivo, ya que, según el Dr. Bach, el objetivo de la encarnación “en este día de colegio” es el aprendizaje.

Ahora bien, la de CHB es una historia dramática de infrautilización. Gran parte de esta responsabilidad la tiene el propio Bach ya que en su retrato, breve y coloquial, apenas se esboza una pincelada que no permite entrever su enorme importancia.

Los autores posteriores tampoco contribuyen excesivamente a aclarar el tema y plantean un retrato robot de un sujeto precipitado, inadecuado, torpe, que no observa y, por consiguiente, repite errores casi compulsivamente. Incluso en algunas descripciones casi parece una especie de retrasado mental. Claro que hay que destacar que algunos autores ya habían captado tempranamente la importancia de esta esencia.[1]

Particularmente reconozco que no entendí exactamente de qué estabamos hablando unos y otros hasta que no leí La Inteligencia Emocional de Daniel Goleman.[2] Ello me hizo ver que en realidad CHB es una especie de “analfabeto emocional” y que su inteligencia cognitiva (mental) no tenía porqué estar afectada. Simplemente carecía de una serie de competencias emocionales (aptitudes) que le impedían un mínimo autoconocimiento y una buena relación con el exterior (carencia de empatía y de destrezas sociales que le dificultan una buena sintonización con el entorno).

En realidad, tanto me entusiasmó el libro de Goleman, que empujado por mi amigo cubano, el psicólogo Boris Rodríguez, nos embarcamos en un ambicioso y complicado proyecto que cristalizó en el libro Inteligencia Emocional y Flores de Bach[3]. En él sostenemos que las Flores de Bach son en realidad inteligencia emocional líquida y que están al servicio de su desarrollo.

Incluso las “lecciones a aprender” enunciadas por Bach, si las estudiamos una a una,  son en realidad el resultado de la buena aplicación de determinadas competencias emocionales. De esta manera, se llega a la conclusión que inteligencia emocional, crecimiento personal y desarrollo espiritual son en realidad sinónimos, si nos atenemos a la filosofía de Bach.

Pero la finalidad de este artículo es promover el uso de CHB en la terapia floral.

Desde hace más de un año, tomé la decisión de añadir CHB en todos los tratamientos con objetivos a medio o largo plazo, ya que estoy convencido de que esta sutil esencia favorece la capacidad de situarnos en una metaposición, lo que quiere decir el colocarnos “fuera” de nosotros mismos y vernos como nos ven los demás. De una forma objetiva, no crítica ni emocional. Este ejercicio depende en gran medida de la capacidad de empatía que tenga cada uno, ya que resulta también obligatorio, al verse desde fuera, el hacerlo desde el marco de referencia de los otros.

Resulta evidente que el ir progresando en esta visión tiene un enorme valor en la terapia, ya que favorece la autoexploración consciente y autoresponsabilizada. Esto se concreta en una mayor implicación del cliente en la terapia y una mejora en su relación con el entorno.

Es interesante comentar que la visión a la que se aspira con la toma de CHB es la opuesta a la que viene de HEATHER, desgraciadamente mucho más extendida en nuestra sociedad. En este último caso resulta imposible verse de forma medianamente objetiva, ya que uno está demasiado prisionero de sus necesidades, sentimientos, complejos y carencias.

Pero más allá de la terapia, CHB ayuda a conectar de forma más intuitiva con el entorno y en ocasiones decodificar las señales (los símbolos) con cuyos mensajes se comunica la realidad externa (la vida), con nosotros. En gran medida esto tiene que ver con el concepto de sincronismo descrito por Jung[4].

Resumiendo, favorece la integración de la información significativa, imprescindible, para nuestra evolución. Lo esencial del aprendizaje. Nos facilita el discernir, el digerir de forma adecuada las lecciones que se instrumentan en la vida cotidiana, en este día de colegio, como Bach define metafóricamente la vida. En esta escuela de la vida que es la tierra.


[1] Ver por ejemplo Jung y Flores de Bach. Bárbara Espeche y Eduardo Grecco. Continente, Buenos Aires, 1991 y Flores de Bach II, Bárbara Espeche, Continente, Buenos Aires, 1993.

[2] Libro editado por Kairós, Barcelona, 1996.

[3] Edición de Indigo, Barcelona, 2005.

[4] Una aproximación bastante accesible del concepto de sincronismo, puede encontrarse en Jung para Principiantes, Maggle Hyde y Michael MacGuiness. Era Naciente, Buenos Aires.

Fuente: Artículos de Ricardo Orozco, Anthemon

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