“¡No vale! Es muy difícil, no puedo”, farfulla enfadado el niño del chándal blanco. Espía de reojo la delantera que han tomado los del otro equipo y resopla con resignación. “Mira, ya van muy adelante. Es que no es así, tenéis que levantar más la pierna”, les reprocha a los de su grupo. Con los pies anudados a unas tablas de madera, avanzar de forma coordinada para alcanzar la meta no es empresa fácil. “Aquí tenemos la frustración, la negatividad y las culpas. Ven al otro equipo que avanza y se frustran. Se paran, se enfadan entre ellos, discuten y se olvidan de concentrarse en el objetivo”, observa Cristina Gutiérrez, directora de la casa de colonias La Granja. El ejercicio forma parte del método desarrollado por esta granja-escuela para trabajar la educación emocional, es decir, enseñar a los niños a reconocer sus emociones y aprender a gestionarlas. “Hacemos consciente lo inconsciente”, apostilla Guitérrez.

A lo lejos, el eco de las risas y los chillidos que salen del tobogán de la desinhibición irrumpen en la calma del campo de Santa María de Palautordera, a los pies del Montseny. “Suena ridículo pero los niños necesitan desinhibirse. Están todo el día metidos en casa, en la tele, con el ordenador, y ya no se ríen, no saltan, no chillan. Están estresados, necesitan relajarse y dejarse llevar”, apunta Cristina. A través de los juegos y las actividades pensadas para trabajar emociones, los niños descubren sensaciones y cómo gestionarlas. “Basamos nuestro trabajo en la experimentación. Empleamos técnicas del coaching pero no somos psicólogos, simplemente hacemos visible lo invisible”, explica la directora.

 

Campos, bosques y caballos al pie del Montseny. / MASSIMILIANO MINOCRI

Cada año, pasan por la granja-escuela más de 10.000 niños. “Empezamos a trabajar con la educación emocional hace diez años, cuando vimos que algo había cambiado y con nuestros métodos de siempre ya no llegábamos a los niños. En la actualidad, las emociones y el entorno han cambiado mucho: los niños son más miedosos, apenas tienen contacto con la naturaleza y están sobreprotegidos”, relata.

Conscientes del problema, la casa de colonias tiene programas específicos para toda la familia y cursos dirigidos a los profesores para exportar las técnicas de la educación emocional que aplican . “Trabajamos la educación emocional en la escuela pero de otra forma. Aquí se aplica a través de la experimentación y de forma intensiva”, apunta Montse Felipe, directora del colegio Montfalgars de Girona.

Miedo a la oscuridad, al bosque, a la comida. Miedo a no poder, a no saber, a fallar o a perder. “Tienen miedo a todo. No son atrevidos y están muy cohibidos”, apunta Gutiérrez. La directora de La Granja reconoce, además, que han tenido que crear una actividad para que los niños trabajen el fracaso. “Este ejercicio es la única forma de que los niños fallen y fracasen, de que sientan esta emoción y poder enseñarles cómo afrontarla. Están tan sobreprotegidos por sus padres que nunca fallan. Antes de caer, ya les están dando la mano para aguantarles. No les dejan equivocarse”, comenta Gutiérrez.

Los niños de ciudad arrastran más los pies que los que viven en el campo y cuando van de excursión al bosque. A medida que se adentran en la arboleda, bajan la voz, atenúan sus movimientos y se relajan. Es la comunicación no verbal, otro de los elementos fundamentales que emplean en la granja-escuela para trabajar la educación emocional. Los monitores leen entre líneas y utilizan cada resquicio que les dejan los chicos —un gesto, una mirada, una palabra— para intentar llegar a ellos y destapar sus emociones. “Aquí lo más importante es la intención; la que ponemos nosotros para ayudarles y ellos para conseguir algo. Está claro que no consigues que todos los niños hagan clic y reconozcan sus emociones, pero yo me doy por satisfecha si consigo llegar aunque sea solo a uno de ellos”, confiesa Marta, una de las monitoras, mientras se afana en repartir chalecos flotadores a su grupo de niños en un juego de la piscina. Todos los trabajadores, desde los cocineros al cuidador de los caballos, tienen formación en educación emocional y comunicación no verbal.

“Cada actividad está preparada para descubrir a los chicos. Si te fijas, puedes saber perfectamente quién tiene alma de líder, quién es el tímido, el protector, el miedoso, el inseguro. Todos tienen su función. No hay ninguno mejor ni peor, pero todos acaban demostrando quiénes son”, señala Cristina mientras se acerca al lugar donde cuatro niños se encaran con el caballo en la prueba del espejo. Tienen que guiar al animal con una cuerda y pasearlo por la arena. Pero el caballo no se moverá a no ser que sienta la seguridad del niño que lo conduce. “El animal nunca miente. En este ejercicio se descubren muchas cosas”, explica Gutiérrez. El único niño de la comitiva lo intenta, pero el corcel permanece inmóvil. Una de las niñas tiene miedo y se queda rezagada, agarrada a la mano de su otra compañera. Finalmente es una tercera la que se decide, toma las riendas de la situación, coge la cuerda y con paso firme, avanza sin mirar atrás. Y el caballo la sigue.

Fuente: El País.

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